Hoy hemos vuelto a discutir. Esto se está volviendo en algo rutinario. Como un ejercicio que debemos cumplir cada día.

Entre tantos dimes y diretes, quitar el polvo a sucesos de hace siglos que, en este tipo de momentos, vuelven a salir a la luz, como puñales ardientes que lanzas para ver el alcance al que llegas e intentar ser siempre el que dañe más al otro y quedar por encima, ya no sé como comenzó la pelea.
Me duele la cabeza. Anoche me fui a la cama cabreada. No he podido pegar ojo, pensando una y otra vez en una solución.
Esto tiene que acabar. No podemos seguir así, discutiendo un día tras otro. Tenemos que parar.
Esto tiene que acabar. No podemos seguir así, discutiendo un día tras otro. Tenemos que parar.
Mientras desayuno, sigo dándole vueltas al tema. No se me ocurre nada.
Me pongo a recoger la casa sin ganas. Incluso cuando vuelvo de la compra, parece que voy como sonámbula. Soy como una marioneta a la que el tiempo y el destino van moviendo. Alguien maneja mis hilos, yo ya perdí el rumbo hace tiempo.
Ya en casa, enciendo el ordenador.

