Aquel encuentro con Álvaro me había dejado descolocada.
Al principio lo había tomado como un simple juego de tonteo pero, después de nuestra reunión en casa, vi que aquello supondría algo más. Más tarde, pensándolo fríamente, decidí que debía parar todo esto antes de que llegara más lejos.
Habían pasado varias semanas desde aquel suceso, mi vida seguía con su rutina. Mi trabajo y la casa ocupaban la mayor parte de mi tiempo.
Era martes por la noche y Miguel había decidido ponerse manos a la obra y preparar la cena. Mientras tanto, yo hacía de pinche y comenzamos a hablar de los planes del fin de semana.
—Así que el viernes de despedida ¿no? —me preguntó.
—Sí, estoy deseando que llegue ya, aunque me siento un poco...
—¿Nerviosa?
—Más bien expectante. Hace años que no salgo yo sola con mi grupo de fiesta y creo que he perdido práctica.
—Eso es como montar en bicicleta, nunca se olvida. Además, me extraña que digas eso cuando soléis quedar a comer o a tomar café una vez al mes.
—Pero no es lo mismo que cuando nos íbamos de juerga. Las cosas han cambiado.
—En eso vas a tener razón. Os vais haciendo mayores. Ya no quedarán muchas solteras en el grupo, ¿verdad?
—Sara es la única pero, con el buen trabajo que tiene como decoradora y el ritmo de vida que se puede permitir, no creo que pase por su cabeza en este momento comprometerse con nadie.
—Eso será hasta que cupido le clave la flecha en el corazón y uno de esos hombres con los que juega, le llegue al tuétano.
—¡Pero que filosófico que estás esta noche!
—No me subestimes chata, por algo te atraparía a ti con mis encantos.
Los dos nos echamos a reír. Terminamos de preparar la cena y nos fuimos al comedor para degustar aquel suculento plato, teniendo como fondo cualquier programa de televisión para poder seguir charlando. Había que aprovechar aquel buen momento.



