Hoy era un día en los que si algo puede salir mal, saldrá. Había pasado pero, con todo.
Primero el despertador. Aquel aparato eléctrico que habita en mi mesilla, decidió no sonar. Por la noche debió marcharse la luz, y la pila que tiene para estos casos de emergencia, tomó la decisión de agotarse. Total ¿qué podía pasar? Él sólo era un cacharro al que seguramente gritaría y maldeciría acordándome de toda su familia al día siguiente, cuando después de dormir a pierna suelta, me diera cuenta que no había cumplido su servicio.
Me despertó el grifo del vecino, su chirrido particular no dejaba indiferente a cualquiera. El agua de su ducha matinal debía correr por las tuberías, como cada mañana, cuando yo abandonaba mi hogar para cumplir con mi rutina. Pero ese día no fue así.

El sonido del chorro al caer me sacó de mi letargo.
De un salto me senté en la cama, aturdido. Miré la mesilla, comprobé que el reloj marcaba las cuatro y media de la madrugada pero, aquello no era posible, Sergio, el vecino del 3ºB nunca se levanta a esas horas. Digamos que, por experiencia, sé que duerme mucho más que yo.
Aquello me extrañó, busqué mi móvil y al no hallarlo, recordé que la noche anterior lo había olvidado en la guantera del coche y, por vaguería, no había bajado a buscarlo.
No lo dudé más, estaba claro que llegaría tarde, así que me levanté, me puse lo primero que cogí del armario y me marché. Ya desayunaría en la oficina cuando tuviera un rato.
Pero las sorpresas del día no acabarían ahí.
En vez de coger el coche, con lo que hubiera llegado más rápido al despacho, decidí seguir con mi rutina normal y me dirigí a la estación de tren.
Llevar el coche al trabajo suponía el milagro de encontrar un sitio donde aparcar, sin tener que dejarlo en las dichosas zonas de pago, además de tener que bajar cada hora a darle de comer a la maquina del aparcamiento, con lo que conllevaría perder unos 15 o 20 minutos cada vez, eso si lograba aparcar cerca y no creo que mi jefe estuviera por la labor de dejarme estar de paseo la mayor parte del día.
Una vez en la estación, esperé la llegada del tren. Observé los luminosos, 8 minutos tardaría en llegar el que me llevaría hasta mi destino.
"¡Mierda! ¿8 minutos?" Eso aún me retrasaría más.
Pensé coger un taxi pero, acababa de mirar en internet el estado del tráfico y la ciudad, a esa hora de la mañana, estaba colapsada. ¡Hay que ver lo que saben esos cacharitos portátiles!, había cogido por fin mi móvil del coche cuando iba de camino a la estación.
Volví a mirar los paneles de información. Otro inconveniente más, ahora el convoy no realizaría su parada en mi andén. Deprisa y corriendo recogí los pocos bartulos que llevaba encima y de una carrera me planté en el anden 3.
A ver si se aclaraban de una vez. ¡Vaya día de perros! Como esto continuara así, hubiera sido mejor quedarme en la cama y llamar para decir que estaba enfermo.
Diez minutos de espera después, ya estaba montado en el tren que me llevaría hasta mi particular purgatorio.
El transcurso del día y las horas en el trabajo, no fueron mucho mejor.
Y ahora me encuentro aquí sentado, en la barra del bar, contándole mis penas al vaso de whisky solo que acabo de pedir, esperando a que los hielos, que juguetean con el líquido que los envuelve, me den alguna explicación a mis problemas.
Carlos, el camarero, ya me conoce. Soy un cliente asiduo y hoy no hay muchos clientes; una pareja sentada en la mesa del fondo; un par de borrachos, sentados cada uno en una esquina del local y yo mismo, ocupando un lugar privilegiado en la barra. Tampoco las horas que son acompañan. Es cerca de la una de la madrugada y todo mortal estará descansando para mañana volver a empezar de nuevo. Algo que debería hacer yo pero, necesitaba aquel rato de relax, alejarme de todo durante algunas horas y no me gustaba beber sólo, en el silencio de casa, donde, de momento, nadie me esperaba.
Envuelto en mis propias elucubraciones, noté como alguien ocupaba el taburete de al lado.
Sin pensarlo, como una reacción mecánica, observé a su ocupante, una espectacular mujer.
Mientras pedía su copa, no pude apartar la vista de ella, hasta que después de algunos minutos, un pitido en mi bolsillo llamó mi atención.
Un correo de publicidad de alguna de las compañías donde seguramente había comprado algún que otro producto.
—Deberían prohibir esos aparatos —me dijo.
—No seríamos nada sin ellos. Ya no sabemos seguir adelante sin este tipo de artilugios. Se han vuelto algo indispensable en nuestras vidas, como el comer y descansar —respondí.
—No estoy de acuerdo pero, es la evolución, ¡la maldita e insana evolución tecnológica!
Dicho esto, cada uno volvió a sus pensamientos, a entretenerse con sus copas, mientras Carlos seguía recogiendo y fregando la cristalería para echar el cierre en cuanto los cuatro gatos que quedábamos allí, abandonáramos el lugar.
—Parece preocupado.
—Cansado, más bien —contesté.
—Sea lo que sea, seguro que no merece la pena que le dedique tanto tiempo. Mañana lo verá todo de otro color.
—No lo crea. Como sea igual que hoy, le aseguro que me suicido.
—¡No sea exagerado, hombre! Por algo dicen que todo tiene solución, menos la muerte.
Sonreí.
Estaba claro que aquella mujer tenía ganas de mantener una conversación, por lo que continué hablando.
—¿Viene mucho por aquí?
—No me trates de usted. Sara..., mi nombre es Sara.
—Encantado. Marcos —me presenté yo.
Continuamos hablando.
Le conté mi día, el comienzo, las broncas con mi jefe, mi reciente soltería..., ya que Silvia había tomado la decisión que aún le quedaban muchas cosas por vivir y, aunque me quería, necesitaba vivir la vida, divertirse y atada a mí, no podía, así que tiró por la borda diez años de relación para marcharse con su profesor de aerobic. Me reía ahora yo de sus discursitos cuando aún eramos novios y no vivíamos juntos, en los que me exigía, no, más bien me ordenaba, formalizar aquello y convertirlo en algo más serio. Yo me había implicado y ahora era ella la que me había dado la patada.
—La vida a veces es muy puñetera —intentó animarme.
—¡Y que lo digas! Además mi jefe, como soy publicista, de esos que hacen los anuncios de la televisión y otros medios, que tanto odiamos todos cuando nos cortan los momentos más interesantes de una película y duran unos 20 minutos de bombas de relojería para hacernos consumir. Yo soy uno de los responsables, ¡de algo tengo que vivir!
—Ya veo —comentó entre risas.
—Como te decía, mi jefe es de esos que quieren los encargos de hoy hechos para ayer. Todo corre prisa...
La charla continuaba. Aquello era un intercambio de quejas y opiniones, como si nos conociéramos de toda la vida y apenas hacía una hora que nos habíamos cruzado en el camino.
—¿Por qué no continuamos esta agradable charla en mi casa? —me invitó—. Estoy segura que Carlos también estará deseando marcharse y disfrutar de la compañía de su mujer.
Hasta entonces no me había fijado en la hora que era. Las tres de la madrugada de un día cualquiera. Algo tarde para aceptar una invitación así en un día de diario y más porque, normalmente, era yo el que me lanzaba y no estaba acostumbrado a que una mujer me hiciera, por sí misma, este tipo de ofrecimientos.
—De acuerdo —acepté sin más.
La cafetería no estaba muy lejos de donde Sara vivía. Un barrio pijo como los que hay en cualquier ciudad. No me sorprendió dado el aspecto que ella misma tenía.
No tardamos mucho en llegar andando desde el bar hasta el ático de un edificio con fachada antigua. Aquello debía estar protegido y ser patrimonio de la humanidad, todo ello debido a las esculturas que adornaban el frente del mismo.
—Pasa, no te quedes en la puerta, ¿qué quieres tomar?
La seguí hasta el salón. Una habitación inmensa, adornada con un gusto exquisito, el mismo que ella misma derramaba. Todo ello lleno de muebles antiguos mezclados con un toque de modernidad, un estilo diferente pero, con gusto.
—Whisky solo, por favor — le dije mientras me acercaba a las estanterías del fondo.
Una gran colección de libros de todo tipo de géneros, ocupaban un lugar preferente del salón. Al lado, un repertorio de música variado, con diferentes estilos, algunos de los cuales no encajaban con la personalidad que me había imaginado de aquella mujer. Iban desde el rock más duro, pasando por el pop, hasta los clásicos de siempre: Beethoven, Vivaldi, Mozart...
Una melodía instrumental comenzó a inundar toda la sala.
Nos sentamos en aquel gran sillón blanco. Muy cómodo, por cierto. Y retomamos la conversación que habíamos dejado a medias.
En uno de mis típicos cambios de postura, cometí mi primer error, o tal vez ya estuviera todo preparado pero, quiero pensar que fue más torpeza mía que ingenio suyo.
El mando de la televisión de 50 pulgadas que ocupaba el frontal del mueble de estilo rústico, situado enfrente de nosotros, se posó bajo mi mano haciéndome apretar uno de los botones que la encendía.
Reaccioné enseguida pero, fue ella misma quien me interrumpió.
—Déjala puesta, está bien que haya un poco de sonido ambiente.
Eso lo argumentó tras acabarse el cd que estábamos escuchando y no haberse levantado a cambiarlo por otro.
La charla continuó por donde la habíamos dejado.
Tenía claro que sería muy tarde, mañana debía madrugar pero, me encontraba a gusto y no era la primera vez que me había quedado hasta altas horas de la madrugada y, sin dormir, después había ido a trabajar, así que, tenía pinta de ser uno de esos días. Al final no iba a ser todo tan malo como parecía.
Sin perder hilo a su conversación, de soslayo observé lo que estaba pasando en la televisión. Ya de por sí el ruido que emitía había llamado mi atención anteriormente pero, hasta ahora lo había ignorado. En esta ocasión aquel sonido no dejaba lugar a dudas y no lo dejé escapar.
Mis ojos se clavaron primero en la imagen y luego en Sara.
Con la mirada, un tanto sorprendida e incrédula, la interrogaba preguntándole qué era aquello, como si yo no supiera de sobra que significaba.
—¡No me digas que nunca has visto cosas de este tipo! —respondió a mi pregunta ausente e implícita.
—Claro que las veo pero... —no sabía muy bien como expresarlo—, nunca me lo hubiera imaginado en una mujer como tu.
—Tengo mis necesidades como cualquiera. Hoy me aburría, no me gusta jugar sola y por eso fui al bar. No había muchos clientes, te observé, me gustó lo que vi y aquí estamos.
Mi cara debía ser todo un poema.
No me extrañaba que Sara viera películas porno, incluso que practicara este tipo de cosas ella misma, tanto a solas como en compañía, al fin y al cabo es una necesidad humana que tenemos cualquiera pero, lo que no me imaginaba es que aquella mujer, famosa decoradora como ella me había contado, necesitara atrapar a los hombres de aquella forma, cuando tan sólo por su físico, le saldrían miles con sólo abrir la boca o al hacer un chasquido con sus dedos.
—¿Quieres jugar? —se insinuó.
Al igual que antes, no estaba acostumbrado a que una mujer tomara la iniciativa en estas cosas, siempre había sido yo el cazador y no el cazado. Me sentía como una presa pero, no había duda que, tanto lo que acababa de presenciar en televisión, como sus palabras, me habían excitado y era algo que empezaba a hacerse evidente en la parte media de mis pantalones.
Sin esperar una respuesta, se lanzó sobre mí, plantándome un beso con lengua que hubiera quitado el sentido a cualquiera, mientras que una de sus manos se posaba sobre la prominencia que comenzaba a asomar entre mis piernas.
El sabor de su boca era embriagador. Poco a poco me fui fundiendo con ella. Mi cuerpo reaccionó como debía y comencé a desnudar a la diosa que tenía enfrente.
Desabroché la cremallera de su vestido azul de Armani y dejé que se deslizará lentamente por su cuerpo, dando paso a una figura bronceada con curvas firmes y bien marcadas.
Así, delante mía, según estaba, parecía una de las esculturas que acababa de ver en la fachada.
Su ropa interior de encaje blanco, dejaba transparentar algunas zonas e imaginar, con gran detalle, lo que escondían debajo otras. Acompañaba ese conjunto, un par de zapatos negros de tacón de aguja que estilizaban todavía más, si cabe, aquella interminable figura.
Su ropa interior de encaje blanco, dejaba transparentar algunas zonas e imaginar, con gran detalle, lo que escondían debajo otras. Acompañaba ese conjunto, un par de zapatos negros de tacón de aguja que estilizaban todavía más, si cabe, aquella interminable figura.
Su pelo castaño, a la suave luz que ella misma se había encargado de poner en un modo más tenue, producía reflejos caoba. Sus ojos me miraban de forma lasciva. Sus piernas, infinitas, invitaban a recorrerlas llenándolas de besos.
Se puso de pie y alargo su mano. La agarré y me dejé llevar. Me condujo hasta un dormitorio, tanto o más grande que la propia estancia donde habíamos estado.
Al igual que en el salón, su decoración era similar y contaba con otro televisor, de un tamaño más pequeño pero, televisor al fin y al cabo.
Sara lo encendió y se reprodujeron las mismas escenas que en el anterior.
Me empujó sobre la cama de dos por dos que ocupaba la parte central del dormitorio y allí, sentado, sin creerme aún que aquello estuviera pasando, comenzó a desnudarme.
Primero los zapatos, después el pantalón, luego me invitó a ponerme de nuevo de pie y comenzó a desabrochar mi camisa, deteniéndose en cada detalle, acariciando mi pecho a su paso.
Mi excitación estaba al límite, sus gestos, sus actos, me habían llevado a desearla con todos mis sentidos, a que sólo ella fuera mi centro de atención, mi universo, en esos momentos.
Volvió a empujarme, haciéndome sentar de nuevo en la cama.
Comenzó a realizar un baile insinuante, al ritmo de la canción que sonaba en la televisión, imitando los movimientos que hacía la chica protagonista de la película que en ese momento retransmitían. Aquello era un striptease en toda regla. Algo que hubiera llevado a la lujuria a cualquiera que lo presenciara.
Sus zapatos volaron, su sostén se lanzó sobre mi cara como un resorte, un rostro que la perdió de vista por unos segundos al intentar quitar su ropa de los ojos que me impedían observar con todo detalle aquella escena. Al recuperar mi vista, allí estaba en todo su esplendor. Su tanga había desaparecido, estaba completamente desnuda, para mí, sólo para mi goce y disfrute.
Se acercó. Me impidió que la tocara, lo que aumento todavía más mi deseo. Me arrancó literalmente mis calzoncillos, dejando mi miembro viril al aire, mostrando todo su esplendor y potencia.
—¡Guau! —fue todo lo que dijo.
Después se alejó de nuevo. Me ordenó sentarme otra vez, apoyando mi espalda en el cabecero de aquella gran cama. Ella, mientras tanto, cogió uno de las sillas que había allí cerca y se sentó, haciendo que mi vista se centrara en ella y las escenas que se veían detrás.
En la televisión había una pareja, unos actores porno, haciendo el amor de la forma más salvaje que jamás había visto.
Me miró, me mandó callar con sus ojos ante la pregunta oculta que le estaba haciendo con mi mirada y comenzó a tocarse.

¡Hacía aquello para mí! Un espectáculo para mi sólo, se estaba dando placer ella misma para a la vez dármelo a mí.
No tardo mucho en explotar en un orgasmo brutal. Se notaban sus ganas y su deseo en su cara. Ahora era mi turno.
Intenté moverme pero, al igual que antes, con un simple gesto me lo impidió.
Intenté moverme pero, al igual que antes, con un simple gesto me lo impidió.
Lentamente, con delicadeza, subió a la cama, se fue acercando a mí como una gata en celo, sin abandonar su mirada lasciva y provocadora. Abrió mis piernas colocándose entre ellas y agarró mi miembro con fuerza, primero con una mano, luego con la otra, después con ambas y por último se lo llevó a la boca.
Mi cuerpo rebosaba excitación, quería moverse, actuar ya pero, ella se lo impedía.
—¡Para! —la ordené.
—¿No te gusta?
—No es eso —dije entre jadeos—. Me encanta pero, quiero hacerte mía y si sigues así, no seré capaz.
No se hizo de rogar. Paró como la había pedido. Esta vez me dejó actuar.
Ahora fui yo el que la tumbé en la cama, por fin toqué su cuerpo con mis manos. Era suave, bien cuidado, recorrí cada uno de sus rincones, hasta llegar a su sexo. Le abrí la piernas, me coloqué entre ellas y comencé a saborear sus partes más intimas. Al igual que el resto del cuerpo, estaban suaves, depiladas y como su boca, sabían a gloria. Mi lengua apareció en toda su extensión, llegando hasta los lugares más recónditos y donde esta fue capaz, mientras mis dedos apoyaban aquella maniobra, tocando el resorte que más tarde la haría saltar. Ella estaba entregada, tenía los ojos cerrados, aunque de vez en cuando los abría para mirarme de nuevo, sus jadeos se podían oír por toda la casa.
Una vez que supe que estaba a punto, paré.
— Más —me pidió.
Me tumbé a su lado y la ordené colocarse encima mía. Quería que se pusiera arriba, de esta forma ella disfrutaría aún más y llevaría la voz cantante por esta vez. No lo dudó, obedeció como una niña buena.
No tardaron mucho en estar nuestros cuerpos unidos, formando uno sólo. Estaba dentro de ella, formaba parte de su ser, podía sentirla caliente, húmeda. Comenzó a moverse, un movimiento lento, pausado, de arriba a abajo. Nos mirábamos nos besábamos juntando nuestras lenguas, saboreandonos uno al otro. Aumentó el ritmo, cambió la intensidad. Gemíamos al unisono, fundiendo nuestros jadeos con los de la pantalla, que aún continuaban con el mismo ejercicio que nosotros practicábamos.
Llegado el momento, ambos explotamos en un orgasmos espectacular. Pensé que aquella mujer se había llevado todos los líquidos que formaban mi ser. Nunca había sentido algo así. Mis relaciones sexuales hasta entonces, nunca habían sido malas. Las posturas, lugares y momentos, tanto son Silvia como con mis anteriores parejas y escarceos, nunca habían tenido límites ni barreras pero, aquello había superado todas mis expectativas.
Quizás fue su forma de abordarme, el hacer el amor con una total desconocida, con una mujer con la que había charlado durante unas horas. Fuera lo que fuera, había disfrutado, gozado, no sólo yo, ella también, se le notaba.
Habían pasado unas horas desde que los dos habíamos caído rendidos después de aquella grata experiencia. Nos habíamos dormido, acurrucados, abrazados, como si fuéramos una pareja y lleváramos muchos años juntos.
Intenté no despertarla, miré mi reloj de pulsera. Las seis y media de la mañana. Aún me quedaba una hora para levantarme, arreglarme un poco e irme a mi puesto de trabajo.
La observé mientras dormía y al hacerlo, mi cuerpo volvió a pedir guerra, así que suavemente la llené de besos. Medio dormida, abrió los ojos. No dijo ni una palabra, sabía lo que quería, así que se dejó hacer.
Mientras volvía a ponerme manos a la obra para repetir lo ocurrido unas horas antes, dí gracias a mi despertador. Sin su retraso, quizás jamás hubiera sucedido todo lo que había vivido en aquellas horas.
¿Volvería a ver a Sara? ¿Aquello se convertiría en un simple buen rato y grato recuerdo? ¿Llegaríamos a convertirnos en amigos que simplemente quedan para disfrutar? o ¿llegaríamos a algo más?
Sea como fuere, lo había pasado bien. Había pasado por una experiencia nueva. En vez de ser yo el que atrapara a una mujer para disfrutar, fue al revés. Una mujer me atrajo, me engatusó, me envolvió en sus redes para hacer conmigo lo que había querido. Había disfrutado y eso nadie me lo robaría jamás.
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