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3 de diciembre de 2013

Infiel

Aquel encuentro con Álvaro me había dejado descolocada. 

Al principio lo había tomado como un simple juego de tonteo pero, después de nuestra reunión en casa, vi que aquello supondría algo más. Más tarde, pensándolo fríamente, decidí que debía parar todo esto antes de que llegara más lejos.

Habían pasado varias semanas desde aquel suceso, mi vida seguía con su rutina. Mi trabajo y la casa ocupaban la mayor parte de mi tiempo.

Era martes por la noche y Miguel había decidido ponerse manos a la obra y preparar la cena. Mientras tanto, yo hacía de pinche y comenzamos a hablar de los planes del fin de semana.

—Así que el viernes de despedida ¿no? —me preguntó.
—Sí, estoy deseando que llegue ya, aunque me siento un poco...
—¿Nerviosa?
—Más bien expectante. Hace años que no salgo yo sola con mi grupo de fiesta y creo que he perdido práctica.
—Eso es como montar en bicicleta, nunca se olvida. Además, me extraña que digas eso cuando soléis quedar a comer o a tomar café una vez al mes.
—Pero no es lo mismo que cuando nos íbamos de juerga. Las cosas han cambiado.
—En eso vas a tener razón. Os vais haciendo mayores. Ya no quedarán muchas solteras en el grupo, ¿verdad?
—Sara es la única pero, con el buen trabajo que tiene como decoradora y el ritmo de vida que se puede permitir, no creo que pase por su cabeza en este momento comprometerse con nadie.
—Eso será hasta que cupido le clave la flecha en el corazón y uno de esos hombres con los que juega, le llegue al tuétano.
—¡Pero que filosófico que estás esta noche!
—No me subestimes chata, por algo te atraparía a ti con mis encantos.

Los dos nos echamos a reír. Terminamos de preparar la cena y nos fuimos al comedor para degustar aquel suculento plato, teniendo como fondo cualquier programa de televisión para poder seguir charlando. Había que aprovechar aquel buen momento.

El tiempo pasó volando y ya estábamos a viernes. Por fin había llegado el gran día.

Estaba terminando de arreglarme, a las 9 vendría a recogerme Sara. Nuestra reserva en el restaurante para cenar era a las 10 pero, antes debíamos ir a recoger a Ester, la novia.

—Estás... muy sexy.

Miguel había entrado en la habitación sin que me diera cuenta. En el último momento me había decantado por ponerme el vestido gris perla con las botas altas negras. De esa manera luciría piernas y como era de manga corta, más tarde, en el garito donde fuéramos a celebrar la fiesta, no tendría calor y por si hacía frío, llevaba el abrigo malva.

—Gracias. Tienes embutido en la nevera y un poco de verdura de la que sobró ayer para cenar, ¡ah¡ y no te olvides de...
—Oye, para... que ya soy mayorcito y estoy en mi casa. Sé lo que hay, no te preocupes por nada. Diviértete.
—¿Qué harás tu?
—Aprovechando tu ausencia, ver alguna película de esas que no te gustan. ¿Quieres que vaya a recogerte?
—No. Me quedaré en casa de Sara. No sé a qué hora terminaremos, ni en qué estado. ¿Por qué no llamas a alguno de tus amigos y hacéis una reunión de chicos?
—Será mejor que no, no los echaría de casa. Prefiero estar sólo.
—Como tu quieras, por mi no hay problema.

El timbre de la puerta sonó.

—No te preocupes, cariño. Disfruta y ten cuidado que vas muy provocativa. A ver si voy a tener que ponerme celoso.
—Descuida. 
—No hagas nada que yo no haría.
—Nos vemos en unas horas.

Nos despedimos con un beso y bajé corriendo por las escaleras como una niña con zapatos nuevos. Abajo estaba Sara, con su Peugeot azul celeste descapotable. La noche prometía.

La cena transcurrió entre risas, anécdotas y bromas a la novia. Eramos una veinte mujeres, sueltas, sin prejuicios, con experiencia, sin pudores y sin maridos delante, por lo que aquella noche todas nos soltamos y dejamos la vergüenza en casa, encerrada en el armario de la limpieza con el resto de trastos que cada día nos caracterizaba como amas de casa, mujeres trabajadoras e intachables.

Esa noche todo eso pasaría a un segundo plano. La noche confunde y a algunas demasiado.

Como traca final, entre todas las amigas, habíamos planeado darle a Ester un fin de fiesta y despedida de soltería por todo lo alto, así que, no nos cortamos a la hora de ir a un sitio que se encargaba de realizar este tipo de eventos, con un espectáculo de stripteases tanto para mujeres como para hombres. Además, con la facilidad añadida que después del evento, el local se convertía en una discoteca y no una cualquiera, si no la más visitada y con el mejor ambiente de la ciudad.

El chico protagonista de nuestra gran juerga, no nos defraudó. Nos daba cuerda como el que más, sacando nuestra picardía e instintos más ocultos.

Acabado el acto dirigido a las múltiples despedidas que estaban allí congregadas en el local, abrieron las puertas para el resto de visitantes y quedaba inaugurada una noche que muchas de nosotras no olvidaríamos jamás.

—Voy a por una copa —le grité a Sara intentando hacerme oír entre tanto bullicio.

Me acerqué a la barra y con gran esfuerzo y mucho morro femenino, conseguí hacerme un hueco.

—Eso si que es un cuerpo y no el de bomberos.

Pensé en girarme y darle un corte al que fuera pero, hice oídos sordos, al fin y al cabo no había dicho nada grosero.


—¿Ni siquiera me vas a dar las gracias? ¡Vaya! y yo que pensaba invitarte a esa copa.
—Mira... —comencé a decir.

Al girarme la sorpresa fue mayúscula.

—¿Y tu qué haces aquí?
—Eso mismo podría preguntar yo. ¿Otro viaje de Miguel o es que te has vuelto una niña mala?
—De despedida de soltera pero, no me has contestado, ¿qué haces tu aquí?
—Lo mismo que tu. Se casa un ex-compañero del trabajo y estamos celebrándolo.
—¡Qué casualidad!
—Hola Álvaro —saludó Sara— ¿Escapando de Lucía?
—Sólo por unas horas, aprovechando una noche de fiesta.
—Chicos, os dejo, creo que mis instintos femeninos me llaman —dijo Sara mirando a un moreno con cuerpo atlético situado en la otra punta de la sala.
—Veo que no ha cambiado nada.
—Ya la conoces. El día que cambie ella, se acabará el mundo.
—Pero que exagerada.

Un silencio incómodo se hizo entre nosotros. No habíamos vuelto a hablar desde el día que estuvo en casa y estaba claro que el ambiente podía cortarse con un cuchillo. Uno de los dos tenía que romper aquel muro de hielo.

—Cristina.
—Álvaro.

Dijimos al unísono.

—Las damas primero.
—Bueno verás...
—Tenemos que hablar ¿verdad? —me preguntó.

Asentí.

—Cristina —nos interrumpió Angélica— Muchas ya se han marchado, es tarde y será mejor que nos llevemos a Ester a casa —la vi tambalearse—, en su estado no creemos que aguante mucho más.
—No hay quien se me resista —dijo Sara mientras se dirigía a nosotras— ¿Te importa si me voy, Cristina?, ¿puede alguien llevarte a casa?
—No te preocupes, yo la acerco —contestó por mi Álvaro.
—Entonces, todo arreglado, nos vemos chicas —se despidió Sara, llevando a su nueva conquista cogida del brazo. 

Poco después el resto hicieron lo mismo dejándome allí a solas con Álvaro.

Después de aquella interrupción, retomamos nuestra conversación.

—Estás impresionante.
—¿Ya empiezas?
—Lo siento pero, es cierto. Siempre has sido muy "mona" pero, últimamente estás despampanante.
—¡Uy, mona! pero, que fino —dije entre risas.

Su reacción no se hizo esperar mucho. Se acercó a mí, me cogió entre sus brazos y comenzó a besarme.

Sus labios estaban suaves, calientes, su boca sabía bien. Mi cuerpo respondió sin pensárselo dos veces.

Al separarnos, miré alrededor nuestra, buscando si todavía había alguien allí que nos conociera a ambos.

—Tranquila, no hay nadie. Ya se han marchado todos. Estamos solos tu y yo.

Un número indeterminado de gente nos rodeaba, bailando, saltando al ritmo de la música.

—Vayamos a otro sitio.

Sin apenas darme cuenta, en poco minutos, estábamos en la recepción de un hotel, reservando una habitación. 

Todo estaba sucediendo muy deprisa, como una película puesta a toda velocidad.

Unos segundos después, ya estábamos en el cuarto.

—Aquí podremos hablar tranquilos. Sin que nadie nos moleste, sin testigos.

Nadie me había obligado a ir hasta allí, nadie me había presionado, había ido por propia voluntad. Había sido mi decisión.

Me acerqué hasta el gran ventanal, observando la vida nocturna de la ciudad. Un millar de luces encendidas iluminaban la vista que los diminutos edificios ofrecían desde aquella altura.

Álvaro me abrazó de nuevo. Su pecho rozada mi espalda. El calor que despedía su cuerpo y sus brazos me embriagaba. Podía notar su respiración en mi nuca. 

—Álvaro...
—No, no hables. Ya sé lo que me vas a decir. Que esto es una locura, que no debemos hacerlo, pero... —hizo una pausa—, ambos lo deseamos. Por eso, sólo te pido una noche. Pasemos la noche juntos.

Con la oscuridad de la habitación, miré su rostro reflejado en el cristal de la ventana. Su mirada era lasciva, llena de deseo.

No respondí. Me dejé llevar, allí comenzó nuestra gran locura.

En medio de una ventana con las cortinas descorridas, teniendo como únicos testigos nuestro deseo y la ciudad que abajo dormitaba, dimos rienda suelta a nuestra pasión.

Álvaro comenzó a recorrer todo mi cuerpo con sus manos. A desnudarme y desnudarse lentamente. Igual que antes había visto su rostro, ahora eran nuestros cuerpos, totalmente desnudos y su mirada fija en mí, los que se reflejaban en el cristal.

Unas manos grandes y firmes acariciaban todos mis rincones. Mi excitación iba creciendo. Sabía que aquello estaba mal, que no debía. Él estaba casado, yo también, no eramos libres. Mucha gente saldría herida de todo aquello pero, en ese momento, mi mente estaba ocupada en sus besos, en mis sensaciones..., el resto no importaba.

Me giró para tenerme cara a cara. 

Sobraban las palabras. Nuestras miradas lo decían todo. Recorrió mi cuerpo con su mirada. Despacio, tiró de mí, fuimos hasta la cama. Allí, tumbados, comenzamos nuestro delito.

Pocas horas después, todo había terminado. Había sido una noche de ensueño. 

Habíamos consumado nuestros juegos virtuales. Quizás lo deseábamos hace tiempo, quizás nuestros propios problemas, nuestra falta de sensaciones con nuestras respectivas parejas, la necesidad de ser queridos y querer, nuestra propia dejadez nos habían impulsado a ello. Fuera el motivo el que fuese, ambos habíamos pecado.

Me levanté de la cama sintiéndome culpable, pensando qué cara le pondría a Miguel cuando le viera. No podíamos decir nada. Aquello había sido un desliz, debíamos ocultarlo, fingir que nunca había pasado nada entre nosotros. Jamás se sabría nada.

Al girarme para coger mi bolso y marcharme, le vi observándome, mirándome fijamente con los ojos brillantes, con una sonrisa de oreja a oreja:


—Te quiero.

Al oír aquellas palabras saliendo de su boca, lo comprendí. Había abierto las puertas del infierno.

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