—¿Hoy no sales?
—No, mamá. El lunes tengo un examen de historia y además, no tengo planes.
Supongo que a mi madre le extrañaba verme metida en casa pero, había hablado con mi grupo de amigas hacía un rato y lo que me ofrecían no me convencía. A todo ello se le unía que, la mayoría de ellas, habían hecho planes con sus respectivos novios y las pocas solteras que quedaban, tenían otros compromisos, por lo que a mí, este fin de semana, no me apetecía ir de sujeta velas.
Decidí aprovecharlo para ponerme al día con mis apuntes y de paso, emplear las horas de esos dos días y medio, en estudiar para el próximo examen de Historia del Arte que tenía el lunes.
Estaba en mi habitación, sacando el libro de Arte y el cuaderno de apuntes de mi mochila, abrí el ejemplar por la primera lección que debía estudiar y el cuaderno por su mitad. Comencé a leer pero, la pereza hizo acto de presencia y aparté a un lado todo el material para dejar sitio a mi portátil Todo aquello podía esperar, mañana me levantaría temprano para empezar a empollar.
Encendí el ordenador y pasados unos minutos, cuando su sistema operativo se cargó y me lo permitió, me puse a revisar el correo electrónico.
Mientras tanto, en la parte inferior derecha de mi pantalla, se estaban sucediendo unos hechos ajenos a mi persona.
El programa de mensajería instantánea que habitualmente utilizaba, había tomado vida propia después de su última actualización y estaba haciendo de las suyas.
—¿Estás ahí?
Una pequeña ventana emergió delante de mis narices, interrumpiendo la lectura de un email procedente de una amiga que me había enviado imágenes de su última visita turística por Italia. Viaje que yo hubiera realizado de no ser porque, ella estaba en paro y había decidido tomarse un año sabático y yo, por tener que seguir con mis clases en la universidad y no tener el dinero suficiente para emplearlo en un proyecto así.
—Aquí estoy —respondí, mientras me disponía a desmarcar el inicio automático de sesión al iniciar windows.
—Hola, ¿qué tal estás?, ¿cómo va todo?
—Bien, aquí. Iba a estudiar, tengo un examen el lunes pero, no me apetece nada. Acabo de llegar hace un rato, en lo que he comido y me he puesto a ver los correos que tengo acumulados.
—¿Molesto?
—Para nada, ¿y tu qué tal?
—Esperando a que llegue la hora de dar la clase, estoy en el gimnasio, todavía no ha llegado nadie y como me aburría, entré a ver si había alguien conectado y mira por donde, me encontré contigo.
Hacía un par de meses que, por casualidad, otra de las noches en las que había llegado pronto a casa, después de una jornada de fiesta y con algo de insomnio, me conecté a un chat.
Era la primera vez que entraba en un sitio de estos, donde la gente se dedica a hablar de todo y de nada en particular. Nunca antes me había llamado la curiosidad este tipo de cosas pero, desde que me había comprado un ordenador y tenía que buscar información y apuntes para mi carrera, decidí adentrarme en el mundo de Internet y usarlo para algo más que aquello que estuviera relacionado con mi formación y llevarlo a métodos de distracción: juegos online, leer blogs, noticias de interés y ahora conocer gente, si existía esa posibilidad.
Allí fue donde conocí a Jesús.
Cuando ya me estaba cansando de leer las típicas chorradas que te sueltan algunos sólo por tener un nick de chica, con el que ya se piensan que buscas algo más que una simple charla con alguien que se encuentra al otro lado de la pantalla, aburrida de las groserías que leía, iba a cerrar la sesión, apagar el ordenador y dedicarme a descansar pero, una de esas dichosas ventanas, interrumpió mi decisión fija de abandonar y ahora, tengo que decir que, me alegro de ello.
—Buenas noches. Bonito nick.
Al menos no empieza como los demás con la pregunta de "¿quieres sexo?" o "¿quieres ver una buena...?".
Decidí contestar.
Decidí contestar.
—Buenas noches.
—¿Cómo te llamas?
—Marta, ¿y tú?
—Jesús. ¿Te apetece charlar?
—Claro, ¿de qué hablamos?
—De lo que tu quieras. Podemos intentar conocernos un poco más.
—Muy bien. Sé que sonará muy típico pero, ¿estudias o trabajas?
Me imaginé una sonrisa en su cara de oreja a oreja. No dejó de poner los muñecajos esos, emoticonos creo que se llaman, en los que aparece una cara sonriente.
—Trabajo. Soy entrenador profesional de judo, ¿y tú?
Aquello no iba nada mal.
Así fue como nos conocimos.
Nunca hubo una mala palabra por su parte, no hubo malas intenciones, ni insinuaciones, simplemente charlas amenas. Él me contaba sus problemas, yo los míos, sus logros, mis éxitos..., así un día tras otro, hasta que nos lanzamos a darnos el número de móvil. Una vez dado ese paso, nos llamábamos todos los días. Cuando no lo hacía uno, lo hacía el otro, hasta tal punto que llegábamos a echar de menos esos minutos de largas conversaciones, risas, críticas...
Así fue como nos conocimos.
Nunca hubo una mala palabra por su parte, no hubo malas intenciones, ni insinuaciones, simplemente charlas amenas. Él me contaba sus problemas, yo los míos, sus logros, mis éxitos..., así un día tras otro, hasta que nos lanzamos a darnos el número de móvil. Una vez dado ese paso, nos llamábamos todos los días. Cuando no lo hacía uno, lo hacía el otro, hasta tal punto que llegábamos a echar de menos esos minutos de largas conversaciones, risas, críticas...
Nunca pasamos de ahí, nunca mencionamos quedar para conocernos en persona. Nos habíamos enviado fotos para ponernos cara uno al otro pero, de momento, lo que había entre los dos, esa amistad virtual, nos parecía suficiente hasta ese día..., esa noche comenzaría todo a cambiar.
—¿Hoy no saldrás?
—No. Mis amigas están ocupadas, no me apetece ejercer de niñera y tampoco tenía ningún plan interesante.
—¡Qué mal!, ¿no?
—Bueno, es una manera de obligarme a ponerme al día. Como te he dicho, tengo un examen el lunes y como no me ponga a repasar en estos días, seguro que me catean y no estoy por la labor de pasarme todo el verano estudiando para luego presentarme a recuperar en septiembre.
—Ahí vas a tener razón.
—Y a ti, ¿cómo se te presenta el fin de semana?
—Hay un concierto mañana por la noche de heavy metal, lo mismo me apunto pero, aún no tengo nada decidido. Es en Soria pero, este mes ando un poco justo de pasta. Me acaban de quitar los 800 pavos del seguro del coche y el jefe aún no me ha ingresado la nómina, espero que para la semana que viene lo haga o tendré que darle un toque.
—¿800 pavos? ¡Menudo palo!
—Es lo que tiene tener ciertos lujos. Oye, si te animas y al final decido ir, me podrías acompañar.
Una proposición para vernos, algún día tenía que llegar, no todo se iba a quedar en lo virtual.
—Ya sabes que a mí ese tipo de música no me va.
—Aún así, podríamos quedar. Ya es hora de que nos conozcamos. Si vamos al concierto bien, si no, podemos ir al cine o simplemente a tomar una copa.
—Tengo que estudiar, ya te lo he dicho.
—Sólo será un rato, un par de horas a lo sumo. Tengo ganas de verte cara a cara y dejar ya esto y el teléfono.
Me quedé pensativa.
—¿Hola?, ¿sigues ahí? Oye... no te quiero presionar pero, después de dos meses creo que ya está bien. Si quieres guay pero, si no..., no pasa nada. Cuando tu quieras daremos el paso.
—Sí, sigo aquí. Estaba pensando.
—¿Y qué piensas?
—Mañana imposible. Me encerraré en la habitación y no saldré nada más que para comer y poco más.
—Lástima, era un buen plan.
Ahora la que sonreía era yo. También me apetecía conocerle, tener una charla frente a frente tomando un café, viendo sus gestos y sus caras y no los dibujos de aquel programa.
—¿Y esta noche?
Volvió a insistir.
—¿Cómo que esta noche?
—Sí, ¿y si nos vemos dentro de un par de horas? Total, yo acabo esta clase y me voy a casa. No he quedado con nadie hoy. Me ducho y estaría listo para ir donde tu me digas, incluso para irte a buscar a tu casa.
Aquello me pillaba de sorpresa pero, era ahora o nunca.
—De acuerdo.
—¿En serio?
—Sí.
—Bien. Te paso a recoger a casa, tengo tu dirección, ¿recuerdas? Nos vemos a las 8, ¿te parece bien?
—¡Eso es dentro de una hora!
—Sí, ¿algún problema?
—Ninguno, me arreglo y te espero. Cuando llegues hazme una perdida al móvil y salgo.
—Ok. Nos vemos dentro de un rato, chata.
No sé muy bien por qué pero, empecé a temblar como una tonta.
No era la primera vez que iba a quedar con un chico sin apenas haber intercambiado unas palabras con él. Este no era el caso. Con Jesús habían sido días y días de conversaciones y no lo acababa de conocer en la disco de moda como a algunos otros, esos que te entran a altas horas de la madrugada cuando ya van con alguna copita de más y se envalentonan. Aún así, estaba nerviosa.
No era la primera vez que iba a quedar con un chico sin apenas haber intercambiado unas palabras con él. Este no era el caso. Con Jesús habían sido días y días de conversaciones y no lo acababa de conocer en la disco de moda como a algunos otros, esos que te entran a altas horas de la madrugada cuando ya van con alguna copita de más y se envalentonan. Aún así, estaba nerviosa.
Mr. Saxobeat de Alexandra Stan comenzó a sonar por toda la casa.
—Marta, el móvil —chilló mi padre.
—Ya voy —contesté.
Miré la pantalla, era él, Jesús. Intenté calmar mis nervios con un caramelo de menta. Cogí mi cazadora y salí.
Mientras caminaba en dirección a su coche, un Golf GTI negro, pude observar su figura a través de sus ventanas delanteras. Era tal y como salía en la fotografía que me había enviado hacía meses atrás. No había cambiado nada.
Entré en el coche y después de darnos dos besos, uno en cada mejilla, comenzamos a hablar como si nada.
—Estás muy guapa.
—Gracias, tú también —olía a mi colonia preferida, Esencia de Loewe—. ¿Adónde vamos?
—Conozco una cafetería cerca de aquí. No creo que haya mucha gente a estas horas, allí podremos charlar tranquilamente.
—Perfecto, vamos pues.
Arrancó el coche mientras pude observar como mi madre, entre los visillos de la ventana, había estado observando toda la escena. Quizás quería asegurarse que su hija estaba en buenas manos.
Al llegar a la cafetería, nos sentamos en una de las mesas y comenzamos a charlar.
—Me gusta el sitio. Buena música y es muy tranquilo.
—Ya te lo dije.
—Bueno y cuéntame, ¿qué tal la clase?
Fui yo la que comenzó a romper el hielo, el corte que nos daba estar cara a cara. Parecíamos dos adolescentes, cuando no era así. Los dos rondábamos ya cerca de los veinticinco años.
La charla fue agradable y amena. Cuando nos quisimos dar cuenta, entre refrescos, cervezas y tapas, nos había dado la media noche.
El local estaba vacío, salvo por nuestra presencia y la camarera.
El local estaba vacío, salvo por nuestra presencia y la camarera.
—¿Nos vamos? —preguntó.
—Cuando quieras.
—Pago la cuenta y nos marchamos.
—¡De eso nada!, esto a medias.
—La próxima vez pagas tú.
Entre discusiones por ver quien pagaba al final y risas, pagamos lo que debíamos y caminamos hasta el coche.
En nuestro paseo, vimos como iban cerrando los locales de alrededor. Nos parábamos durante algunos minutos por cualquier chorrada que se nos había ocurrido a los dos, hasta que llegamos a la altura de un parque.
No recordaba haberlo visto ninguna vez, tampoco me había fijado al pasar por la zona, no me acordaba ni siquiera de su nombre pero, allí estaba. Oscuro, iluminado únicamente por la luz de la luna que esa noche parecía haberse confabulado con nuestra cita mutua.
Una nueva ocurrencia detuvo nuestros pasos. De repente nos quedamos mirándonos el uno al otro, con una media sonrisa tontorrona marcada en nuestros labios. El silencio se puso por medio, parecía que había pasado un ángel.

Al principio su boca me sabía mal. Todo ello consecuencia de los cigarros. Jesús fumaba y había acabado con dos o tres en el transcurso de nuestra estancia en la cafetería. Después mi boca se fue adaptando a aquel sabor extraño.
Me atrajo más hacia él, sin separarnos, continuamos con aquel beso. Parecía que ambos estábamos pegados. No sé cuanto tiempo habría pasado. Sólo notaba su fuerte brazo, abrazándome, sujetando mi espalda, mientras el otro se posaba en mi trasero.
Al fin reaccionamos.
—Lo siento —dije.
—Yo no, me ha gustado pero, ¿por qué lo has hecho?
Me llevé las manos a la cara. Estaba avergonzada.
—No lo sé, fue un impulso.
—¡Hey! Que no te de vergüenza Te repito que me ha gustado, sólo es que no me lo esperaba.
En ese instante, una pareja pasó a nuestro lado. Detrás iba un grupo mayor vitoreándoles, chillándoles, haciendo mofas relativas al sexo.
En ese instante, una pareja pasó a nuestro lado. Detrás iba un grupo mayor vitoreándoles, chillándoles, haciendo mofas relativas al sexo.
Hicimos como si no hubiera pasado nada y continuamos hacía el coche. Callados, como si ninguno se atreviera a romper aquel momento, o quizás pensando en lo que acababa de ocurrir. Quizás aquello estropeara todo o quizás no cambiara nada.
Llegamos a la altura del Golf. Bajé la acera, pasando por la parte trasera del coche pero, noté un tirón que paró mi paso.
Jesús me volvió a coger entre sus brazos, pillándome por sorpresa, y me estampó un beso igual o mejor que el de antes. Esta vez nuestras lenguas se encontraron.
Yo estaba totalmente ida. No sabía muy bien que estaba haciendo o si debía parar todo aquello.
No lo hice, me dejé llevar.
Pasaron unos cuantos minutos, o tal vez segundos, ¡ni idea! Fue como la vez anterior, parecía que habían parado el tiempo en ese instante.
Montamos en el coche como si nada.
Una vez en el interior:
—Supongo que tendremos que hablar —insinuó.
Yo respondí afirmando con un simple gesto de cabeza, no me salían las palabras.
—Aquí no es sitio para ello. Conozco un lugar un tanto retirado. Será perfecto, ya verás.
Volví a asentir sin abrir la boca.
No sé muy bien el camino que tomó. Mi cabeza iba dando vueltas y vueltas. Una serie de venidas e idas de ideas ocupaban todo mi pensamiento, nublando mi mente y mi sentido de la orientación por completo. Podría decirse que a estas alturas estaba a su total merced. No era capaz de reaccionar y no sabía muy bien por qué.
De repente el coche paró. Abrió su puerta y se sentó en la parte trasera.
Yo miré al frente, desde allí pude observar las vías del tren, rodeadas por lo que parecían ser naves. Estábamos en un polígono industrial, o al menos a eso se asemejaba.
Me giré en el asiento y al fin reaccioné.
—¿Dónde estamos? ¿Qué haces ahí atrás?
—Cerca de tu casa, no te preocupes, no te he secuestrado —dijo en modo irónico—. Hablar. Aquí estaremos más cómodos que sentados ahí delante. Ven.
—No va a pasar nada.
—Sólo hablaremos. Ven aquí, no seas tonta, ¿no confías en mí?
A regañadientes me quite el cinturón, abrí la puerta del coche llevando mi bolso conmigo y me tomé unos minutos para observar el sitio donde nos encontrábamos.
A lo lejos pude ver un polideportivo. Creí reconocerlo. Parecía aquel al que me llevaban mis padres, cuando era niña, a la salida del colegio para ir a natación, una de las actividades extraescolares.
Miré como asustada la parte trasera del coche, sus lunas estaban tintadas no dejando divisar lo que en su interior ocurría. Recuperé la compostura, mi valor y mis fuerzas, abrí la puerta y me senté a su lado.
—¿Lo ves? Marta, tranquila, por favor. Nos conocemos, no va a pasar nada.
Dejé mi bolso en la bandeja trasera. Quería tenerlo a mano por si lo necesitaba.
"Pero, ¿qué me está pasando? Marta, despierta. Es Jesús, tu amigo. Deja de ser tan desconfiada".
—¿Qué piensas? —me preguntó.
—Yo no había planeado esto, ni siquiera me imaginé que pasara algo así. Nunca te he visto con esos ojos, ni de esa forma.
Cogió mis manos entre las suyas.
—Ha sido el momento, un impulso como has dicho antes. No tienes que avergonzarte de nada. No hemos hecho nada malo.
No dije nada.
—No voy a negarte que me ha gustado y que yo sí me he planteado, en alguna ocasión, que esto pasara pero, no supuse que ocurriría algo el primer día —continuó hablando.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Me miró. Los ojos le brillaban, un brillo extraño.
Se acercó más a mí. Me retiró el pelo de la cara. Yo no dejaba de mirarle. Aún seguía con una de sus manos sosteniendo las mías. La otra acariciaba mi mejilla, mi oreja, mi pelo, el cuello... Me agarró por la nuca y me atrajo hacia él. Volvió a besarme.
Aquello desató todo de nuevo.
Ambos nos dejamos llevar.
Poco a poco nos desnudamos uno al otro. El estrecho espacio trasero del coche era un poco incómodo pero, como pudo y sin dejar de acariciarme, me tumbó en el asiento, echando hacía adelante los asientos delanteros. En esa posición, comenzó a recorrer con sus manos todo mi cuerpo. Cada vez estaba más excitada.
Con caricias suaves llegó hasta mi sexo. Allí se entretuvo como un niño al que acaban de regalar un juguete nuevo. Yo, mientras tanto, cerré los ojos, olvidándome de todo lo que ocurría alrededor. Captando cada sensación, cada roce de sus manos o de su cuerpo. Al final exploté. Todos los nervios guardados hasta entonces, desaparecieron.
Abrí los ojos de nuevo. Jesús estaba allí, delante mía, sonriéndome, mirándome con ternura.
Se puso recto y se sentó, mientras tiraba de una de mis manos para reincorporarme a su lado.
Al ir ascendiendo, observé, por la parte delantera del coche, que acababa de comenzar a caer una fina lluvia. El hombre del tiempo no había dicho nada, al revés, mostraba un día soleado con unas temperaturas agradables al terminar la jornada. La mía, mi temperatura, debía estar por las nubes, sentía mucho calor.
Una vez recuperada la compostura, Jesús volvió a atraerme hacia él. Aquello no había terminado. Al acercarme más, pude ver la dureza y potencia de su miembro.
—¡Dios mío! ¿Cuánto...?
No era virgen, tampoco había mantenido muchas relaciones sexuales pero, aquello era descomunal. Sólo había visto alguna cosa así en películas, no pensaba que eso fuera real y que existiera de verdad.
—20 o 22, no lo sé. Nunca lo he medido.
Quería tocarlo, así que no me lo pensé dos veces. Primero acerqué una mano, después la otra y aún así no abarcaba toda su extensión, aunque pusiera una encima de la otra.
Estando así, en esa posición, él sentado, yo a su lado, con su miembro entre mis manos, comencé a realizar un suave movimiento con una de ellas. Mientras tanto y sin parar, me acerqué más a él, pasé mi brazo por su cuello, apoyándolo en el respaldo del coche y comencé a besarle en la boca, combinando ambas cosas, besos y movimientos de mano.
Gimió.
—No sé que haces pero, me encanta.
Pasado un rato, cambiamos de postura. Según estaba sentado, me coloqué encima suya.
Como dos imanes que se atraen, nuestros instintos más salvajes salieron a la luz. Nos fundimos uno con el otro. Nuestros cuerpos sudaban, los cristales se empañaron. Nuestra entrega era completa. Juntos llegamos al climax.
Pasado aquel momento mágico, especial, no planeado..., nos vestimos de nuevo y él comenzó a hablar.
—Se nota que has disfrutado.
—¿En qué?
—En tu cara, en los gestos que hacías, las caras que ponías.
—Y a ti, ¿te ha gustado?
—Nunca le preguntes eso a un hombre, Marta.
—¿Por qué?
—Porque no te hace falta. Porque f.....
Se calló.
—¿Por qué que...? ¿Qué ibas a decir?
—Déjalo, iba a decir una grosería.
—¿Entonces qué?
—Te mueves muy bien. No te voy a decir que jamás he sentido tanto placer pero..., me has dado mucho, más de lo que te imaginas.
Sonreí un tanto sorprendida, feliz, incrédula tal vez.
—¿Qué vamos a hacer?
Me sorprendió su pregunta. Pensaba que sería yo quien me planteara que es lo que pasaría de aquí en adelante entre nosotros.
—Dejemos que las cosas y el tiempo sigan su curso.
—¿Nos seguiremos viendo?
—Somos amigos, ¿tu qué crees?
—Pero con lo que ha pasado, es decir..., nos hemos...
—Acostado, sí.
Me sorprendía a mí misma como me estaba tomando todo aquello. Seguramente si me hubiera pillado en otra época, me hubiera quedado enganchada a él, querría más pero, ahora sólo pensaba en disfrutar de su compañía y que el resto de cosas fueran surgiendo por sí solas.
—Eso no cambia nada. Al menos de momento.
—Me alegra saber que piensas que así. Eso demuestra mucha madurez por tu parte.
—Ya no soy una niña.
—Pero eres mujer.
—Y con eso, ¿qué me quieres decir?
—Normalmente sois las que os soléis quedar pilladas. En cuanto compartís cama con un tío, empezáis a soñar, a planear el futuro.
—No te digo que mañana no me pueda pasar a mí, sea contigo o con otro pero, de momento acepto la situación y quiero esperar a ver que nos marca el momento.
Se quedó pensando, mirándome fijamente.
Aquella cara de ojos negros, labios finos, enmarcada con un pelo liso de media melena negra, imponía y más acompañada por su cuerpo musculoso.
—Pasa conmigo la noche. Vayamos a un hotel.
Su proposición me pilló desprevenida. No me la esperaba después de lo que acababa de ocurrir, todavía quería más.
—Tengo que volver a casa. Recuerda que vivo con mis padres.
—Y yo con los míos pero, ya eres mayorcita, seguro que no es la primera vez que pasas la noche fuera.
—No pero, en esta ocasión, no he avisado —miré el reloj, eran cerca de las dos de la madrugada—, y no son horas de andar llamando.
—Por favor, pasa la noche conmigo. Yo pago. Quiero tenerte a mi lado, dormir contigo, entre otras cosas..., porque me gustaría repetir lo que acaba de pasar, sin dejar de hacerlo en ninguno de los rincones de la habitación. Aún me quedan gomas.
Estaba loco.
—Jesús, por favor, llévame a casa.
—Como quieras.
No tardamos mucho en regresar a nuestro punto de partida inicial, la puerta de mi edificio.
Busqué las llaves en mi bolso. Y me dispuse a despedirme.
—Mañana hablamos. Mandáme un whatsapp cuando llegues a casa, si es que vas para allí, claro.
—Voy a casa. Creo que mi noche ha terminado por hoy pero, espera...
Cogió mi cara entre sus manos y me dio otro de sus largos besos.
—Soñaré contigo.
Moví la cabeza negando con una sonrisa marcada en los labios.
Llegué al portal, mientras él me observaba hasta que entrara. Una vez que abrí la puerta, me lanzó un beso desde el coche al que respondí, cerré la puerta y oí el motor del coche rugir.
Entré en casa, comprobando que mis padres aún permanecían despiertos. Estaban viendo el final de una película que duró más de tres horas, contando con los molestos anuncios publicitarios.
—¿Lo has pasado bien? —me preguntaron.
—Sí, no ha estado mal —fue todo lo que logré decir.
—¿Quieres comer algo?
—No mamá, ya he cenado. Me voy a la cama, mañana tengo que madrugar.
—¡Qué descanses!
—Igualmente. Hasta mañana.
Me marché a mi habitación y mientras me ponía el pijama, la pantalla de mi móvil se iluminó.
—Has estado fantástica. Mañana te llamo. Que descanses mi reina.
Puse el móvil en silencio y me metí en la cama para, en pocos segundos, entregarme a Morfeo, no sin antes pensar que: El futuro iría marcando mis pautas.
Llegamos a la altura del Golf. Bajé la acera, pasando por la parte trasera del coche pero, noté un tirón que paró mi paso.
Jesús me volvió a coger entre sus brazos, pillándome por sorpresa, y me estampó un beso igual o mejor que el de antes. Esta vez nuestras lenguas se encontraron.
Yo estaba totalmente ida. No sabía muy bien que estaba haciendo o si debía parar todo aquello.
No lo hice, me dejé llevar.
Pasaron unos cuantos minutos, o tal vez segundos, ¡ni idea! Fue como la vez anterior, parecía que habían parado el tiempo en ese instante.
Montamos en el coche como si nada.
Una vez en el interior:
—Supongo que tendremos que hablar —insinuó.
Yo respondí afirmando con un simple gesto de cabeza, no me salían las palabras.
—Aquí no es sitio para ello. Conozco un lugar un tanto retirado. Será perfecto, ya verás.
Volví a asentir sin abrir la boca.
No sé muy bien el camino que tomó. Mi cabeza iba dando vueltas y vueltas. Una serie de venidas e idas de ideas ocupaban todo mi pensamiento, nublando mi mente y mi sentido de la orientación por completo. Podría decirse que a estas alturas estaba a su total merced. No era capaz de reaccionar y no sabía muy bien por qué.
De repente el coche paró. Abrió su puerta y se sentó en la parte trasera.
Yo miré al frente, desde allí pude observar las vías del tren, rodeadas por lo que parecían ser naves. Estábamos en un polígono industrial, o al menos a eso se asemejaba.
Me giré en el asiento y al fin reaccioné.
—¿Dónde estamos? ¿Qué haces ahí atrás?
—Cerca de tu casa, no te preocupes, no te he secuestrado —dijo en modo irónico—. Hablar. Aquí estaremos más cómodos que sentados ahí delante. Ven.
—No va a pasar nada.
—Sólo hablaremos. Ven aquí, no seas tonta, ¿no confías en mí?
A regañadientes me quite el cinturón, abrí la puerta del coche llevando mi bolso conmigo y me tomé unos minutos para observar el sitio donde nos encontrábamos.
A lo lejos pude ver un polideportivo. Creí reconocerlo. Parecía aquel al que me llevaban mis padres, cuando era niña, a la salida del colegio para ir a natación, una de las actividades extraescolares.
Miré como asustada la parte trasera del coche, sus lunas estaban tintadas no dejando divisar lo que en su interior ocurría. Recuperé la compostura, mi valor y mis fuerzas, abrí la puerta y me senté a su lado.—¿Lo ves? Marta, tranquila, por favor. Nos conocemos, no va a pasar nada.
Dejé mi bolso en la bandeja trasera. Quería tenerlo a mano por si lo necesitaba.
"Pero, ¿qué me está pasando? Marta, despierta. Es Jesús, tu amigo. Deja de ser tan desconfiada".
—¿Qué piensas? —me preguntó.
—Yo no había planeado esto, ni siquiera me imaginé que pasara algo así. Nunca te he visto con esos ojos, ni de esa forma.
Cogió mis manos entre las suyas.
—Ha sido el momento, un impulso como has dicho antes. No tienes que avergonzarte de nada. No hemos hecho nada malo.
No dije nada.
—No voy a negarte que me ha gustado y que yo sí me he planteado, en alguna ocasión, que esto pasara pero, no supuse que ocurriría algo el primer día —continuó hablando.
—¿Y ahora qué? —pregunté.
Me miró. Los ojos le brillaban, un brillo extraño.
Se acercó más a mí. Me retiró el pelo de la cara. Yo no dejaba de mirarle. Aún seguía con una de sus manos sosteniendo las mías. La otra acariciaba mi mejilla, mi oreja, mi pelo, el cuello... Me agarró por la nuca y me atrajo hacia él. Volvió a besarme.
Aquello desató todo de nuevo.
Ambos nos dejamos llevar.
Poco a poco nos desnudamos uno al otro. El estrecho espacio trasero del coche era un poco incómodo pero, como pudo y sin dejar de acariciarme, me tumbó en el asiento, echando hacía adelante los asientos delanteros. En esa posición, comenzó a recorrer con sus manos todo mi cuerpo. Cada vez estaba más excitada.
Con caricias suaves llegó hasta mi sexo. Allí se entretuvo como un niño al que acaban de regalar un juguete nuevo. Yo, mientras tanto, cerré los ojos, olvidándome de todo lo que ocurría alrededor. Captando cada sensación, cada roce de sus manos o de su cuerpo. Al final exploté. Todos los nervios guardados hasta entonces, desaparecieron.
Abrí los ojos de nuevo. Jesús estaba allí, delante mía, sonriéndome, mirándome con ternura.
Se puso recto y se sentó, mientras tiraba de una de mis manos para reincorporarme a su lado.
Al ir ascendiendo, observé, por la parte delantera del coche, que acababa de comenzar a caer una fina lluvia. El hombre del tiempo no había dicho nada, al revés, mostraba un día soleado con unas temperaturas agradables al terminar la jornada. La mía, mi temperatura, debía estar por las nubes, sentía mucho calor.
Una vez recuperada la compostura, Jesús volvió a atraerme hacia él. Aquello no había terminado. Al acercarme más, pude ver la dureza y potencia de su miembro.
—¡Dios mío! ¿Cuánto...?
No era virgen, tampoco había mantenido muchas relaciones sexuales pero, aquello era descomunal. Sólo había visto alguna cosa así en películas, no pensaba que eso fuera real y que existiera de verdad.
—20 o 22, no lo sé. Nunca lo he medido.
Quería tocarlo, así que no me lo pensé dos veces. Primero acerqué una mano, después la otra y aún así no abarcaba toda su extensión, aunque pusiera una encima de la otra.
Estando así, en esa posición, él sentado, yo a su lado, con su miembro entre mis manos, comencé a realizar un suave movimiento con una de ellas. Mientras tanto y sin parar, me acerqué más a él, pasé mi brazo por su cuello, apoyándolo en el respaldo del coche y comencé a besarle en la boca, combinando ambas cosas, besos y movimientos de mano.
Gimió.
—No sé que haces pero, me encanta.
Pasado un rato, cambiamos de postura. Según estaba sentado, me coloqué encima suya.
Como dos imanes que se atraen, nuestros instintos más salvajes salieron a la luz. Nos fundimos uno con el otro. Nuestros cuerpos sudaban, los cristales se empañaron. Nuestra entrega era completa. Juntos llegamos al climax.
Pasado aquel momento mágico, especial, no planeado..., nos vestimos de nuevo y él comenzó a hablar.
—Se nota que has disfrutado.
—¿En qué?
—En tu cara, en los gestos que hacías, las caras que ponías.
—Y a ti, ¿te ha gustado?
—Nunca le preguntes eso a un hombre, Marta.
—¿Por qué?
—Porque no te hace falta. Porque f.....
Se calló.
—¿Por qué que...? ¿Qué ibas a decir?
—Déjalo, iba a decir una grosería.
—¿Entonces qué?
—Te mueves muy bien. No te voy a decir que jamás he sentido tanto placer pero..., me has dado mucho, más de lo que te imaginas.
Sonreí un tanto sorprendida, feliz, incrédula tal vez.
—¿Qué vamos a hacer?
Me sorprendió su pregunta. Pensaba que sería yo quien me planteara que es lo que pasaría de aquí en adelante entre nosotros.
—Dejemos que las cosas y el tiempo sigan su curso.
—¿Nos seguiremos viendo?
—Somos amigos, ¿tu qué crees?
—Pero con lo que ha pasado, es decir..., nos hemos...
—Acostado, sí.
Me sorprendía a mí misma como me estaba tomando todo aquello. Seguramente si me hubiera pillado en otra época, me hubiera quedado enganchada a él, querría más pero, ahora sólo pensaba en disfrutar de su compañía y que el resto de cosas fueran surgiendo por sí solas.
—Eso no cambia nada. Al menos de momento.
—Me alegra saber que piensas que así. Eso demuestra mucha madurez por tu parte.
—Ya no soy una niña.
—Pero eres mujer.
—Y con eso, ¿qué me quieres decir?
—Normalmente sois las que os soléis quedar pilladas. En cuanto compartís cama con un tío, empezáis a soñar, a planear el futuro.
—No te digo que mañana no me pueda pasar a mí, sea contigo o con otro pero, de momento acepto la situación y quiero esperar a ver que nos marca el momento.
Se quedó pensando, mirándome fijamente.
Aquella cara de ojos negros, labios finos, enmarcada con un pelo liso de media melena negra, imponía y más acompañada por su cuerpo musculoso.
—Pasa conmigo la noche. Vayamos a un hotel.
Su proposición me pilló desprevenida. No me la esperaba después de lo que acababa de ocurrir, todavía quería más.
—Tengo que volver a casa. Recuerda que vivo con mis padres.
—Y yo con los míos pero, ya eres mayorcita, seguro que no es la primera vez que pasas la noche fuera.
—No pero, en esta ocasión, no he avisado —miré el reloj, eran cerca de las dos de la madrugada—, y no son horas de andar llamando.
—Por favor, pasa la noche conmigo. Yo pago. Quiero tenerte a mi lado, dormir contigo, entre otras cosas..., porque me gustaría repetir lo que acaba de pasar, sin dejar de hacerlo en ninguno de los rincones de la habitación. Aún me quedan gomas.
Estaba loco.
—Jesús, por favor, llévame a casa.
—Como quieras.
No tardamos mucho en regresar a nuestro punto de partida inicial, la puerta de mi edificio.
Busqué las llaves en mi bolso. Y me dispuse a despedirme.
—Mañana hablamos. Mandáme un whatsapp cuando llegues a casa, si es que vas para allí, claro.
—Voy a casa. Creo que mi noche ha terminado por hoy pero, espera...
Cogió mi cara entre sus manos y me dio otro de sus largos besos.
—Soñaré contigo.
Moví la cabeza negando con una sonrisa marcada en los labios.
Llegué al portal, mientras él me observaba hasta que entrara. Una vez que abrí la puerta, me lanzó un beso desde el coche al que respondí, cerré la puerta y oí el motor del coche rugir.
Entré en casa, comprobando que mis padres aún permanecían despiertos. Estaban viendo el final de una película que duró más de tres horas, contando con los molestos anuncios publicitarios.
—¿Lo has pasado bien? —me preguntaron.
—Sí, no ha estado mal —fue todo lo que logré decir.
—¿Quieres comer algo?
—No mamá, ya he cenado. Me voy a la cama, mañana tengo que madrugar.
—¡Qué descanses!
—Igualmente. Hasta mañana.
Me marché a mi habitación y mientras me ponía el pijama, la pantalla de mi móvil se iluminó.
—Has estado fantástica. Mañana te llamo. Que descanses mi reina.Puse el móvil en silencio y me metí en la cama para, en pocos segundos, entregarme a Morfeo, no sin antes pensar que: El futuro iría marcando mis pautas.

No hay comentarios:
Publicar un comentario