Hoy era un día en los que si algo puede salir mal, saldrá. Había pasado pero, con todo.
Primero el despertador. Aquel aparato eléctrico que habita en mi mesilla, decidió no sonar. Por la noche debió marcharse la luz, y la pila que tiene para estos casos de emergencia, tomó la decisión de agotarse. Total ¿qué podía pasar? Él sólo era un cacharro al que seguramente gritaría y maldeciría acordándome de toda su familia al día siguiente, cuando después de dormir a pierna suelta, me diera cuenta que no había cumplido su servicio.
Me despertó el grifo del vecino, su chirrido particular no dejaba indiferente a cualquiera. El agua de su ducha matinal debía correr por las tuberías, como cada mañana, cuando yo abandonaba mi hogar para cumplir con mi rutina. Pero ese día no fue así.

El sonido del chorro al caer me sacó de mi letargo.
De un salto me senté en la cama, aturdido. Miré la mesilla, comprobé que el reloj marcaba las cuatro y media de la madrugada pero, aquello no era posible, Sergio, el vecino del 3ºB nunca se levanta a esas horas. Digamos que, por experiencia, sé que duerme mucho más que yo.
Aquello me extrañó, busqué mi móvil y al no hallarlo, recordé que la noche anterior lo había olvidado en la guantera del coche y, por vaguería, no había bajado a buscarlo.
No lo dudé más, estaba claro que llegaría tarde, así que me levanté, me puse lo primero que cogí del armario y me marché. Ya desayunaría en la oficina cuando tuviera un rato.
Pero las sorpresas del día no acabarían ahí.
